Sobre mi pintura

“Si crear algo que no existe es una de las máximas más aceptadas como finalidad básica del arte, yo siempre lo tuve claro como meta, aunque a veces aparecen falsos espejismos y condicionantes económicos o sociales que difuminan ese objetivo.

Creo que la proliferación de pseudoartistas, el uso improcedente de ciertas “obras” etiquetadas sin pudor como conceptuales, el abuso —en bastantes casos sin rigor estético— de las nuevas tecnologías y el interés epatante y mercantilista de ciertas cadenas de galerías, han propiciado la confusión existente hoy en el mundo del arte.

Observando mi obra en toda su trayectoria , sólo puedo constatar mi absoluta voluntad de hacer un tipo de arte que reafirme el valor de la pintura como medio y de la búsqueda expresiva y estética como constante, siempre al servicio de una emoción o de un concepto más trascendente que las propias formas que la configuran, aún sufriendo oscilaciones que han ido de la pasión expresionista, cruda y sin concesiones, a la templanza más figurativa y poética, aparentemente más sencilla y convencional.

A pesar de eso, yo siempre tuve presente el deseo de “transpasar la realidad”. Mis referencias son los grandes maestros, porque ellos siempre lo consiguieron. Primero fue Goya, luego Velázquez, aunque tardé más tiempo en apreciar todos los hallazgos transguesores de este genio, que dada su apariencia sutil y refinada, cuesta más apreciar a primera vista.

Hubo tiempos de arrebato que me hiceron identificarme más con los pintores expresionistas del siglo XX, especialmente con Kokoscka, y otras, con los grandes místicos del manierismo postrenacentista como El Greco.

La fugacidad de la luz que transfigura la realidad y proyecta misterio al paso del tiempo sobre las cosas, me acercaron al modo impresionista de ver el paisaje. Y la emoción de sentirlo y recrearlo al expresionismo en cuanto a la forma de trazar la pincelada, la mancha o integrar las figuras que lo habitan.

Aun cuando me acerco a una pintura más “simbolista” o conceptual, no puedo prescindir de ese habitat atmosférico en el que se desarrolla el espacio o el tema representado, pero persiguiendo esos estados más del alma que del exterior circundante. Por eso algunos críticos han querido ver en mi pintura rasgos de los pintores románticos, aunque siempre sentí preferente debilidad por los simbolistas, por su relación con la vida y la muerte.

Este asunto me apasionó desde muy joven y fue el motivo elegido para un cuadro en el que, rozando la abstracción, usé el doble espacio en forma de díptico. En él representaba, con figuras veladas y con espacios metafísicos, la regeneración de la vida a través de la muerte. Por primera vez sentí ese gozo máximo para un artista que es “crear algo que sólo existe en tu mente y que llega a transcender la forma” que le confieres. A pesar de ser un cuadro reconocido y valorado desde un primer momento, no limité los caminos de mi búsqueda . Seguí indagando, no sólo en aquel campo, sino en otros que afectan a la naturaleza más íntima de las personas —como las relaciones de amor y desamor—. Perseguí las mismas constantes temáticas, incluso con otros estilos como el llamado “realismo mágico”, aunque este adjetivo esté tan devaluado y manido y prefiera el término de “realismo transcendente”, como la superación de la realidad, quitándole toda la carga de fortuismos y detalles anecdóticos. Transcendencia recurrente que podemos encontrar a lo largo de la tradición icónica de la pintura.

Es posible que la búsqueda de este concepto transcendente en diversos campos o estilos parezca extraño por su variabilidad, pero yo creo que toda obra artística, a lo largo del tiempo, tiene que estar llena de los matices y avatares de tu propia vida. Pintar para mí ha sido gozar y sufrir, y creo que eso late en mi obra y se hace patente en ella. No sabría eludir los estados y emociones diferentes a lo largo de mi vida sin reflejarlos en la proyección personal que supone mi pintura. Por encima de proyectos, modas artísticas y otras circunstancias concretas, para un artista siempre está su vida.

En un proceso de madurez, uno aprecia que esos sentimientos están más contenidos y sedimentados en tu obra, independientemente de la proyección social o puramente estética de la misma. Por eso creo que sería incapaz de mantener una investigación aséptica y sin emoción sobre cualquiera de mis cuadros o de mis series pictóricas.

Una vez superados los extremos de figuración y abstracción, me veo más libre para trabajar, más yo, sin fronteras, sin tener que entrar en esas etapas pictóricas que recuerdan a movimientos clásicos de la Historia del Arte. Aunque los caminos estilísticos, los ismos, parezcan cada vez más confusos y sin salida, creo que lo importante ahora es la acentuación de lo personal, de lo auténtico. Mi objetivo esencial es conseguir una obra con identidad propia —en los términos más profundos y sobrios de la palabra—, junto con una técnica que no renuncia a las aportaciones clásicas y contemporáneas. Todo ello creo que he logrado plasmarlo en una producción sólida, profunda en su concepto y bella en su representación.

Cada cuadro sólo puede tener o cumplir la finalidad más completa cuando se encuetra con un interlocutor sensible que reciba estímulos o sensaciones próximas a la emoción latente en la tela. Esto no siempre se produce de una forma consciente, ni siquiera subrayando el supuesto mensaje que el pintor o escultor ha pretendido depositar, sino con el “auténtico valor real” que la obra sea capaz de transmitir cuando abrimos los canales de la contemplación activa.

Si lo que yo pinto está en esa línea de comunicación, tal como afirman algunos críticos de mi obra, y he podido constatar por mi propia experiencia, al menos, existirán personas que disfruten de mi arte de tú a tú: creador y espectador. Si a esto se le une el diálogo posible entre las dos interpretaciones de esa misma realidad, mi felicidad de pintor será completa. Una felicidad y una realidad que transciende los conceptos perceptuales de la forma representada.”

Juan Molino

Granada, agosto de 2002