Realismo y neofiguración

Desde muy niño mostró una gran habilidad técnica para el dibujo. Algo que hubiese pasado tal vez inadvertido en una familia de ambiente rural, con un padre jornalero eventual, que si bien siempre inculcó en sus hijos la importancia “de leer y saber”, pronto debió contar con él para sostener la precaria economía familiar. Apenas con doce años, allá por los inicios de los años 60, entró a trabajar en un taller de carpintería artesana y ornamental con un maestro, pintor aficionado, que descubrió la valía del muchacho, comprándole los primeros cuadernos de dibujo pautados.

Su creciente pasión por la pintura le llevó a abandonar sucesivos trabajos relacionados con la madera (donde había logrado una solvencia técnica y económica impropia de un joven en aquella época) para dejarlo todo y estudiar dibujo y pintura en el único lugar donde, por aquel entonces, se preparaba a los futuros artistas: la Escuela de Artes y Oficios Aplicados de Jaén.

Allí, su profesor, Antonio Moyano, descubre a un joven apasionado y dotado como pocos para el dibujo y la pintura, enfrentándolo a retos que le demostraron su gran valía: sorprendentes copias velazqueñas, murales, dibujos, retratos, creaciones y apuntes al óleo en los que pronto apreció el virtuosismo y la gran capacidad técnica del mismo.

Tras aprobar el ingreso a la Escuela de Bellas Artes de San Carlos en Valencia, comienza un período intenso de aprendizaje y búsqueda, sostenido a veces con el esfuerzo de quien tiene incluso que trabajar en horas libres como estibador en el puerto de la ciudad para poder comprar lienzos y pinturas. Alumno de Francisco Baños (Alcaudete, 1939?), pintor muralista y exponente de la pintura española de los años cincuenta , su etapa valenciana va a afianzar su dominio del color y de la luz propia de la tierra de Sorolla.

En Valencia coincide con pintores jienneses como Carmelo Palomino (Jaén, 1949-2000), Francisco Huete y Paco Flores.

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