Paisajes

La capacidad para representar un paisaje desde la interpretación plástica de sus esencias hecha composición, color, formas dramatizadas, idealizadas o poéticas de las tierras, de la naturaleza o del aire, es una constante valiosa e invariable de Juan Molino, que no sólo le ha servido para ser reconocido por sus primeros maestros, y por las becas y premios conseguidos, sino que es una de sus principales fortalezas como artista indiscutible.

El paisaje adquiere una dimensión plástica, en la que a veces se incorpora, para darle dimensión justa y adecuada, la figura humana.

Reminiscencias de la escuela castellana madrileña, ecos del postimpresionismo español, juegos compositivos, expresivos y fauvistas que a veces recuerdan a Cezanne y otras a Pierre Bonnard adquieren una personal fuerza expresiva que los conecta con el conjunto de obra más valiosa de nuestro autor.

Ejemplo de estas cuatro formas de ver y sentir el paisaje son las siguientes obras: “Paisaje castellano” (1973), “La ribera” (1984), “Parque de Ponferrada” (1984), “Tierras de Bembibre” (1984), “Lluvia en París” (1983). En ninguno de los casos podemos sustraernos a la emoción de una forma transcendida, a la sensación de sentir —cuando se escucha con los ojos del alma— el espíritu de cada paisaje.