Expresionismo simbólico

Resulta indudable apreciar que los rasgos estilísticos de las obras anteriormente comentadas ya encierran en sí claros elementos del expresionismo pictórico. Pero es a partir de la década de los ochenta, influído por su investigación con la pintura acrílica de colores más brillantes y de secado más rápido, cuando comienza a liberar la pincelada, más seca, más expresiva y rotunda. Una exposición sobre Kokoscka le reafirma en el valor de pintar con una impronta emocional que se ajusta más a su carácter. Antecedentes de esta etapa expresionista ya se encuentran en toda su etapa anterior (véase el cuadro “Campesinos” o “El poeta”), así como en la factura de muchos de sus paisajes. Pero es a partir de obras como “Desayuno en el jardín” y “Atenea”cuando se aprecia una evolución hacia un expresionismo colorista y virtuosista, en que la pincelada se hace tan evidente que llega a formar haces de colores a veces complementarios y dispares, como si fuesen sonidos dodecafónicos, sólo armonizables por la fuerza del conjunto y por el ritmo de formas y figuras. Recomponer el cuadro exige un cierto distanciamiento visual del espectador, que reintegre el juego de líneas y el sentido dramático del conjunto.

Desayuno en el jardín

Atenea

A esta etapa pertenecen también las obras: “Familia de peregrinos”, “En la naturaleza” o “Comedores de pescado” y “Náufragos”. Un juego enérgico y aveces fauvista perfila con asombrosa maestría los rostros de las figuras, la emoción, la paz o el dramatismo de las mismas.

Familia de peregrinos

Naufragos

Esta energía creadora y expresiva llega a plasmarse, y de algún modo a atemperase formalmente, en un nuevo conjunto de cuadros que Juan Molino denomina “Tríptico del amor y la muerte”, tres cuadros para ser contemplados en su conjunto en el que los críticos han querido ver el misterio de ciertos retablos religiosos con una factura y temática esencialmente laica.

A estos cuadros habría que unir precisamente el llamado “La fuerza de la naturaleza”, el “Retablo”, “El Estrecho” y “Desde la otra orilla”. Cuadros de una clara y densa composición, acentuada por el uso expresivo y a veces violento del color en una atmósfera cargada de simbolismo y humanidad. Personajes que expresan —según los críticos— su soledad, su secreta pasión, sus contrapuntos vitales de amor y desamor.

Es el conjunto de esta obra lo que marca y reafirma el valor pictórico de Juan Molino, un pintor dotado de una extraordinaria técnica, que es capaz al mismo tiempo de transmitir una mirada emocionada y emocionante sobre el mundo social, transcendiendo la anécdota culturalista o el amaneramiento postmodernista, tan común en el pseudo-expresionismo de los ochenta.

Durante los años sucesivos, con la serie “Hombre y Naturaleza”, la integración tonal, la expresividad colorista vuelve a someterse a la pasión más tranquila de la armonía, como si una paz interior volviese a sujetar los pinceles del autor, que encamina sus pasos hacia una nueva pintura más poética.