Biografía

Juan Molino, en momento de contemplación de la obra, en su estudio de los años 70.

Pintando un mural en la Escuela Superior de Bellas Artes de Valencia.

En una exposición de pintores jóvenes con el alcalde de Madrid José Luis Álvarez (1976)

Juan Molino y amigos compartiendo mesa y conversación con el premio Nobel Severo Ochoa.

Juan Molino con el escritor y economista José Luis Sanpedro.

Juan y Pedro Molino con Dámaso Ruano y otros artistas del grupo malagueño del Colectivo Palmo.

Juan Molino, en Granada, con el poeta Javier Jurado Molina

En una exposición de Rodin en Salamanca (2002).

Juan Molino nace en Mancha Real (Jaén-Andalucía-España), en el año 1949. Nace en el seno de una familia campesina y en una de las décadas más duras de la larga dictadura franquista. Jaén, provincia de olivos, será la tierra de su infancia, andaluza por esencia y castellana de formas. Luminosa, honesta y profunda. Desde muy niño muestra una especial pasión por el dibujo. A los doce años entra de aprendiz en un taller de carpintería artesanal y de artes decorativas. Allí toma contacto, por primera vez, con la pintura al óleo por la que se siente atraído. En su primera juventud, y tras lograr un reconocimiento profesional y económico en las incipientes industrias de muebles esmaltados locales, decide abandonarlo todo para dedicarse plenamente a su formación como pintor, a riesgo de no pocas dificultades económicas hasta lograrlo.

En el año 1967 comienza a pintar como autodidacta. En el 1968 realiza un curso de preparación bajo las enseñanzas de Antonio Moyano en la Escuela de Artes y Oficios de Jaén. En el 1969 ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, recibiendo las influencias de Francisco Baños, notable pintor figurativo y muralista que le induce a un dibujo analítico y constructivista. Pronto descubre la luz y el color valenciano de la escuela de Sorolla, aunque su pintor admirado fuese el Goya de las pinturas negras. Tras dos años de intenso estudio en Valencia se traslada a la capital de España. En el curso 1971 llega a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Durante este periodo las influencias son múltiples tanto de profesores como de compañeros. Entre los primeros, destacan Antonio López, Manolo Zarco, Antonio Guijarro o Pepe Sánchez-Carralero. Del primero aprende a ver la realidad con otra mirada y, de otros, a disfrutar con los pintores fauvistas franceses y expresionistas alemanes. Aún recuerda el impacto que supuso en su grupo de compañeros el descubrir a pintores como Oscar Kokosca o Francis Bacon, dos buenas propuestas para un periodo tan convulso como lo fueron los primeros años de la década de los 70. Pero Juan Molino tiene una notable facilidad de pincelada y destacaba en el paisaje. Por ello la Escuela de San Fernando le otorga la Beca de Paisaje que otorgaba cada año la Fundación Rodríguez Acosta de Granada, pasando en su residencia de artista el verano de 1973, período que finalizó con una exposición en Granada de todos los Becarios de las distintas Escuelas. Por aquel año, y como colofón, con un rotundo paisaje granadino, consigue el segundo premio de pintura del Ayuntamiento de Martos, Jaén.

El asesinato de Carrero Blanco, que tan crucial resultó para el cambio y el final del régimen franquista, va –sin embargo– a influir indirectamente y a suponer un contratiempo en la brillante carrera de Juan Molino. Las autoridades de la época, a fin de contrarrestar las protestas estudiantiles en las universidades, deciden negar las prórrogas concedidas de tal modo que muchos de ellos han de incorporarse sin otra opción posible a cumplir el Servicio Militar Obligatorio. Este es el caso de Juan Molino, quien, destinado a Córdoba no puede presentarse a algunos de los últimos exámenes del quinto año de la carrera de Bellas Artes, viendo mermada su brillante nota media final cuando consigue terminar por fin sus estudios, lo que le impidió aspirar a la Beca Roma que tan importante y decisiva ha sido para otros muchos pintores.

En el año 1974 pasa una temporada en Sevilla y toma contacto con la llamada Escuela Sevillana de pintura. La luz de esta ciudad, su seducción y su poesía, impregnan la pintura de Juan Molino de conceptos simbolistas, que unas veces le acercan a la pintura realista más poética de Carmen Laffón y otras veces a la abstracción pre-impresionista de Turner. Por aquella época obtiene el premio de la Caja de Ahorros de San Fernando al conjunto de obra en la exposición del Salón de Primavera en Sevilla.

Al volver a Madrid, en 1975, tras pasar antes una corta temporada pintando en Jaén, se siente impregnado de la energía de la época y su pintura se vigoriza con unas pinceladas fuertes y empastadas, asumiendo sus cuadros una temática social enérgica pero contenida, buscando sus raíces y la libertad. Para sobrevivir económicamente sin renunciar a la pintura vanguardista y propia que quiere hacer, comienza a dar clases de dibujo en un centro educativo. Son momentos importantes, sabe que puede triunfar si sigue la escuela del brillante realista manchego Antonio López, y tiene propuestas concretas de galeristas para seguir esta línea, pero renuncia, prefiere simultanear la docencia y la pintura, y mantener un estilo menos comercial y más complejo, pero más sincero con su propa esencia de pintor. Por aquella época prepara su primera exposición individual en la galería Riquelme de Jaén. La obra es de mediano formato, por las reducidas dimensiones de la Galería. Es una obra valiente realizada con técnicas mixtas, entre guache y acrílicos sobre soportes de cartón que influyó en algunos de los más destacados pintores jóvenes jiennenses actuales. La temática de contenido social se enmarcaba en la llamada nueva figuración, mezclando conceptos figurativos con elementos abstractos. En el año 1976 logra ser finalista en el concurso de la revista Blanco y Negro, premio de importante reputación en la época por la cuantía del único premio y por estar destinado a los jóvenes valores y a mostrar en Madrid las últimas tendencias.

Al finalizar la década de los setenta su pintura atraviesa una crisis que inexplicablemente supone una autoafirmación volviendo a una étapa mas figurativa, a veces rozando el hiperrealismo. Su obra vuelve a ser destacada en una exposición concurso (Ibercit) celebrada en Valencia, embrión de lo que mucho más tarde sería el IVAM de arte moderno. En el año 1981 gana un premio de pintura en Madrid, donde conoce a su alcalde, Enrique Tierno Galvan, de quien años más tarde realizaría un retrato para la publicación de una biografía.

En el verano de 1982 y tras aprobar las oposiciones a profesor de Bachillerato, por la especialidad de Dibujo, se traslada a Valladolid, y en 1983 es destinado a Ponferrada (León) y se reencuentra con el paisaje y la literatura de Miguel Delibes. Sus objetivos inmediatos en cuanto a la pintura vuelven a cambiar. El encuentro con el alma castellana y una visita a París, junto con la recreación y nueva lectura de los pintores impresionistas, le reverdecen su vena paisajista. Los colores otoñales del Bierzo y los brumosos paisajes del invierno parisino serán el motivo fundamental de una exposición que volvió a dejar muy alto su virtuosismo paisajista y que, por tanto le impulsó de nuevo a volver a una pintura más experimental en la que utiliza el color directo y fuerte de la pintura acrílica.

En 1985, se traslada a un instituto de Móstoles (Madrid) donde alterna su pintura con su trabajo como profesor. Por aquella época acrecienta su afición por el cante flamenco y llega a presentar incluso un programa de radio semanal. Un género, una pasión que, junto a todas las músicas de calidad, tiene siempre presente en su estudio mientras pinta. Prepara una exposición individual en Madrid y desarrolla lo que será su línea expresionista más personal, una pintura de factura enérgica, de pincelada colorista y rotunda, “casi dodecafónica” como ha dicho algún crítico. Es la época en la que se gestan cuadros como “La trilogía del amor y de la muerte”. Con un impulso creciente en esta línea se fragurán otras exposiciones en Cabra, 1988(Córdoba) y en Jaén, 1989. Esta etapa se ve reconocida con premios como el de la Villa de Móstoles, en los que el escultor canario, Chirino, hace una mención expresa a su obra.

En 1990 pide traslado docente a Granada y se reencuentra de nuevo con Andalucía. El embrujo poético de esta ciudad se dejará sentir en una obra expresionista pero más serena, donde la pincelada se atempera para armonizar con una sutil gama de colores. La vuelta a la naturaleza, una visión romántica, simbólica y ecologista, que es elogiosamente recogida por la crítica tras su exposición individual en la Galería Sureste. Este sentimiento también se verá reflejado en paisajes y bodegones de nueva factura. La tensión social y expresionista, el gusto compositivo y exquisito de un abstracto, la poética realista deviene en una obra más serena y armónica durante toda la década.

En el año 2000 sigue trabajando en nuevos proyectos pictóricos y alterna su investigación con el uso de nuevas tecnologías. Ensimismado en su estudio prepara lo que sin duda será una nueva serie de cuadros de plena madurez creativa, tras haber demostrado su indudable virtuosismo en diferentes estilos, todos marcados de su buena factura técnica como pintor y de su humanidad sensible y expresiva como artista.

Juan Molino está casado con Catalina Hervás y tiene tres hijos: Ana Isabel, María y José Manuel.