Una pintura palpítante

“Leo a Eugéne Delacroix, y veo en su diario la anotación siguiente, correspondiente al 16 de octubre de 1850, en torno a las licencias pictóricas: “Cada maestro le debe, a menudo, sus más sublimes efectos a otros: el inacabado de Rembrant, lo esagerado de Rubens. Los mediocres no pueden atreverse de esa forma; no están nunca fuera de sí”. (…) En arte la herencia es un inestimable valor que hoy no cotiza en la parte que corresponde a reglas de mercado, bien distintas a las del arte que desea permanecer ajena a cualquier afectación de tiempo y moda.No sólo es apreciable la herencia pictórica, también la literaria, aunque hoy tampoco se lleve demasiado. Sin embargo, se reconocen a los poetas en los pintores y a los pintores en los poetas. Juan Molino (Mancha Real, Jaén, 1949) conoce estas reglas. Pintor y profesor de Instituto, su mundo está ligado al compromiso del hombre con su entorno, o, para decirlo de mejor manera, a la reflexión del artista y la docencia, cuya práctica debe ser ética. La institución Libre de Enseñanza eligió un profesor ilustre para sus clases de dibujo: Aureliano de Beruete, y éste fue el gran renovador del paisaje en España y un erudito insigne, uno de los primeros en estudiar a Velázquez con rigor al comenzar el siglo XX.

Todo esto, porque al hablar de Juan Molino se me acerca su confición bifronte: lo recuerdo antes como pintor que como artista. Lo primero que vi de su mano –lo sigo contemplando de cuando en cuando– es un paisaje que me llamó la atención va para seis lustros. Paisaje libérrimo, jugoso de color y bien puesto de materia que enlaza con una manera de hacer que, en alguna medida, conecta con la sensibilidad de la llamada Escuela de Madrid, a la sazón muy presente en la pintura española. Años después vi sus obras expuestas en la sala de “La General”, en Jaén y me siguió interesando el universo de artista, él mismo y diferente. Ciertamente, su manera de componer había cambiado y comenzaba a observarse en sus obras un ritmo diferente y una sustancia que venía reflejadaa través de las personas que aparecían en sus cuadros; sin embargo, permanecía en sus composiciones la misma constante plástica que avivaba sus paisajes iniciales, la misma condición de pintor que pudo observar en él la primera vez que mis ojos se encontraron con sus obras, condición, cuya esencia principal está en saber traducir con destreza las emociones vividas a un lenguaje plástico, en el que la dicción acaba convirtiéndose en la identidad principal del artista, y el conjunto de su obra en un estado variable de alma.

Ahora vuelven a mi mirada las últimas pinturas de este artista jaenés nacido en Mancha Real, más austeras de color y más delgadas de materia que antes, y sin embargo, vuelvo a repetirlo, igulamente plásticas y palpitantes. Formas hechas pintura, donde el ritmo afirma la imagen y define la voluntad barroca de su composición como una constante que marca la obra y su tiempo, afirmando el universo pictórico de Juan Molino con el latido de su propia dicción, cada vez más expresionista y, sin embargo, cada vez más mágico y velado a través de la piel y el acabado que lo define. En ese sentido, la mismidad del silencio se ahorma con el grito y la gana, imponiéndose el misterio sedoso de las cosas que anuncian su voluntad de existir a manera de memento, buscándose en la insinuada levedad espacial de gamas agrisadas y violáceas, más que en la secuencia deformada que pudieron evocar otrora.

Todo ello a través de esa libérrima afirmación de recio pintor que registré en la primera obra que vi de su mano, cuya constante persiste y le permite conectar con la licencia a la que se refiere Delacroix en su diario, citada al comienzo de estas notas en torno al quehacer de Juan Molino”

Miguel Viribay    SEMANARIO LA LOMA (Úbeda, 3 de julio de 1998)

 

 

 

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