El misterio laico de los retablos

“Puestos a subrayar la subjetividad, que puede ser multiplicada e inmensamente comportida, me siento atraído por la personalidad artística, por la individualidad; quiero decir, que me interesa un pintor, en este caso Juan Molino, desde la perspectiva de lo que pinta y no por la corriente a la que pertenece; me intera, sencillamente, lo que pinta y cómo lo pinta. Mi interés, en ocasiones, como ahora, me empuja a indagar imposibles: por qué lo pinta.

Juan Molino se adentra, a mi ver, en una serie de motivos figurativos –fundamentalmente, la naturaleza y el hombre– que se transmutan y se transfiguran a través de la propia pintura. El resultado, a pesar del exultante colororido, no es otro que un silente e inmenso diálogo plástico, la retórica de la propia pintura que concluye en un amoroso abrazo de contrarios o, lo que es lo mismo, en un dicente rechazo de aquello que se ama, de lo que se ha venido ansiando. Y aquí está, a mis ojos, la subjetividad, la individualizada personalidad artística de Juan Molino, quien nos ofrece en esta muestra un alto retablo de íntimos e intensos sentires; un retablo, no sé si nihilista, indudablemente pagano y de personajes diluídos en su propia búsqueda, en su soledad, en la espera y la desesperanza; desde la incomunicación el pintor ensaya el canto: el hombre –sólo la naturaleza posée fuerza propia, por ello se afirma y domina– no encuentra otro destino que el de la huída, el de ser náufrago; pero algo, a pesar de todo, mantiene su presencia esquiva en estos lienzos: una especie de atmósfera, de vaho espiritual, de hálito intraducible que les redondea y confiere el misterio de los viejos retablos.

Y esta tensión anímica se corresponde con igual tensión formal, con pareja fuerza lacoóntica del color que, en bellas marañas de vibrantes y cuidadas pinceladas, incendia la expresiva superficie para redondear la más hermosa y honda de las poéticas, la siempre española, la más contradictoria y la más trágica: el afanoso deseo de cruzar a la otra orilla para encontrarse en ella, como en esta, con un puñado de humo y desamor, con la firme raíz que sostiene el frondoso árbol de la nada.”

Manuel Urbano / Poeta andaluz, escritor y crítico de arte

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